Calles angostas
Él se levanto y camino hasta la puerta. El piso de madera vieja y húmeda comenzó a crujir al avanzar sus pasos. Tan solo una pequeña distancia separaba el sillón, donde minutos antes yacía recostado cómodamente, de la antigua puerta de madera corroída por el peso del tiempo. La misma acción repetida todos los días, levantarse y salir a la calle. Escapar de la tenue luz de la biblioteca que apestaba a encierro y humedad, para salir a la calle a respirar. Sentarse en la vereda y solo respirar.
Una vez afuera, se alegro de poder tomar un poco de aire nuevo, fresco pero impuro como todo en esa callecita angosta. Tachos de basura, algunos perros y otros tantos niños mataban el tiempo, como todo el tiempo, de las calurosas tardes. Transpirados y sucios emanaban de su cuerpo un olor nauseabundo y sin embargo corrían detrás de la pelota. Nunca tenían mucho para hacer, en rigor de verdad podría decirse que su única preocupación era la pelota. Todos ellos vivían en su misma callecita, eran vecinos pero rara vez se hablaban; no es que se llevaran mal pero apenas se conocían de vista.
La calle en si no tenia nada de particular, el barrio entero debía estar lleno de ellas. El calor del verano hervía sus sienes y sus pies descalzos no encontraban mas reparo que un pedazo de sombra debajo de algún toldo agujerado. Todo parecía estar atravesado por el peso del paso del tiempo. Y sin embargo, por alguna extraña razón, todos allí parecían estar detenidos en un paréntesis temporal. Perdidos en el lento devenir de un proceso irreversible.
Ellos estaban siempre jugando, al fin y al cabo nada había para hacer en sus casas. Ni en la de ninguno en esa calle. Si había algo que les faltaba era la esperanza. No es que les faltara la esperanza, no la conocían. Para ellos no existía la posibilidad de una realidad mejor. Sin sueños que realizar, pasaban el tiempo detrás de una pelota, una ingrata pelota que no tiene para ellos mas que un rato de distracción.
Y mientras tanto, él seguía esperando todas las tardes sentado en la vereda.
Solo que nadie le aviso que nunca nadie llegaría y que nunca jamás partiría.

